Cuando todo tu mundo tambalea.

Por Luis Leonardo · Connecting You

Cuando todo tu mundo tambalea.

Una experiencia en Panamá y una reflexión sobre la soberanía de Dios, la fragilidad de la vida y la importancia de estar preparados espiritualmente.

El pasado 9 de octubre viví una experiencia que me hizo reflexionar profundamente sobre la fragilidad de nuestra existencia y sobre algo que, aunque conocemos intelectualmente, muchas veces olvidamos en nuestra vida cotidiana: no tenemos el control de todo lo que sucede a nuestro alrededor.

Estábamos en el Aeropuerto Internacional de Tocumen, en Panamá, preparándonos para regresar a República Dominicana después de varios días participando en un encuentro empresarial.

Todo transcurría con normalidad. Los pasajeros esperaban sus vuelos, las tripulaciones cumplían sus procedimientos y el aeropuerto desarrollaba sus operaciones habituales.

Hasta que la tierra comenzó a temblar.

Lo que parecía una jornada ordinaria de regreso a casa se convirtió en horas de incertidumbre, evacuaciones, inspecciones de seguridad y espera.

Tuvimos que abandonar la terminal en varias ocasiones. Las operaciones fueron interrumpidas mientras se verificaban las condiciones de seguridad de las instalaciones. En algún momento regresábamos a nuestras posiciones de embarque, pensando que todo había terminado, y poco después una nueva réplica obligaba a repetir el procedimiento.

Recuerdo observar la actividad en la plataforma, los aviones detenidos, los movimientos del personal y la incertidumbre de los pasajeros.

Como controlador de tránsito aéreo durante más de treinta años, estoy acostumbrado a trabajar con procedimientos, contingencias y situaciones que requieren decisiones bajo presión. La aviación ha desarrollado una extraordinaria cultura de seguridad precisamente porque reconoce que las cosas pueden salir mal.

Pero aquel día no estaba sentado frente a una pantalla de radar ni participando en la gestión de una emergencia.

Era simplemente un pasajero más.

Y, como todos los demás, debía esperar.

Finalmente, después de varias interrupciones, logramos despegar alrededor de las 7:10 de la noche. Posteriormente, al revisar los registros sísmicos, observé que se había producido otro movimiento muy próximo a la hora de nuestra salida.

Ya estábamos en carrera de despegue.

Llegamos a Punta Cana sin inconvenientes, agradecidos de estar nuevamente en casa.

Pero me traje algo más que el recuerdo de un terremoto.

Me traje una reflexión.

La ilusión de tenerlo todo bajo control

Vivimos planificando.

Organizamos nuestras agendas, desarrollamos proyectos, hacemos inversiones, construimos empresas, compramos seguros, cuidamos nuestra salud y diseñamos estrategias para el futuro.

Y todo eso está bien. La planificación es una expresión de responsabilidad.

Sin embargo, existe una diferencia enorme entre actuar responsablemente y creer que tenemos el control absoluto de nuestras vidas.

Un movimiento de la tierra puede interrumpir en segundos lo que habíamos organizado durante semanas.

Y lo mismo puede suceder con una enfermedad inesperada, un accidente, una pérdida familiar o cualquiera de esas circunstancias que llegan sin pedir permiso.

No necesitamos vivir asustados por lo que pudiera suceder mañana.

Pero sí necesitamos reconocer que nuestra existencia es mucho más frágil de lo que solemos admitir.

Santiago lo expresó de manera extraordinaria:

«Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece».

Santiago 4:14

No creo que estas palabras sean una invitación al pesimismo. Son una invitación a vivir con sabiduría.

La soberanía de Dios no significa ausencia de dificultades

En medio de aquella experiencia pensé en la soberanía de Dios.

Como creyente, entiendo que Dios es soberano. Pero también he aprendido que reconocer su soberanía no significa asumir que estaremos exentos de terremotos, enfermedades, accidentes o situaciones difíciles.

Tampoco significa que podamos explicar cada acontecimiento como una intervención divina dirigida específicamente hacia nosotros.

Sería irresponsable afirmar que aquel terremoto ocurrió para enseñarnos una lección.

No conozco los propósitos particulares de Dios detrás de cada acontecimiento, y no pretendo conocerlos.

Lo que sí creo es que ninguna circunstancia, por inesperada que sea para nosotros, coloca a Dios fuera de su condición de soberano.

La soberanía de Dios no depende de que las cosas sucedan como esperamos.

Él sigue siendo Dios cuando nuestros planes se cumplen y también cuando se derrumban.

Y nuestra confianza en Él no debería descansar exclusivamente en la expectativa de que siempre nos librará de cualquier peligro.

La fe cristiana no es una garantía de inmunidad frente al sufrimiento.

Es una relación de confianza con Dios que permanece incluso cuando no comprendemos lo que sucede.

¿Estamos realmente preparados?

Durante aquellas horas en Tocumen, las autoridades aeroportuarias actuaron conforme a procedimientos de seguridad.

Evacuaron instalaciones, realizaron inspecciones y tomaron precauciones antes de permitir la reanudación de las operaciones.

Eso me hizo pensar en algo.

Nos preparamos para enfrentar emergencias físicas. Tenemos protocolos de evacuación, equipos de protección, planes de contingencia y sistemas de alerta.

Pero ¿cuánto tiempo dedicamos a nuestra preparación espiritual?

Y no me refiero exclusivamente a estar preparados para morir.

Me refiero también a estar preparados para vivir las circunstancias difíciles con una fe firme, una conciencia tranquila y una relación auténtica con Dios.

Porque la preparación espiritual no comienza cuando sentimos que el edificio se mueve.

Comienza mucho antes.

En nuestra manera de vivir.

En nuestras decisiones.

En nuestra relación con los demás.

En nuestra disposición a perdonar.

En nuestra integridad.

En el lugar que realmente ocupa Dios en nuestra vida cotidiana.

Jesús enseñó la importancia de permanecer preparados, precisamente porque desconocemos lo que traerá el futuro.

Pero esa preparación no debe confundirse con vivir obsesionados con la muerte o aterrorizados por una posible tragedia.

Se trata de vivir conscientes de nuestra condición humana y de nuestra dependencia de Dios.

No esperemos a que la tierra tiemble

Hay algo que me preocupa de nuestra manera de vivir.

Muchas veces dejamos las cosas verdaderamente importantes para después.

Después buscaré más de Dios.

Después arreglaré aquella relación.

Después pediré perdón.

Después dedicaré tiempo a mi familia.

Después cambiaré aquello que sé que necesito cambiar.

Después.

Como si tuviéramos garantizado ese después.

Y mientras tanto, llenamos nuestras agendas de compromisos, responsabilidades y proyectos que, aunque legítimos, terminan desplazando lo esencial.

No estoy sugiriendo que abandonemos nuestras aspiraciones o que dejemos de construir nuestro futuro.

Todo lo contrario.

Creo que debemos trabajar, emprender, producir y disfrutar de la vida.

Pero hacerlo con una perspectiva correcta.

Nuestros proyectos son importantes, pero no son eternos.

Nuestras posesiones pueden ser valiosas, pero no constituyen nuestra seguridad definitiva.

Y nuestra relación con Dios no debería ocupar únicamente el espacio que queda disponible después de atender todo lo demás.

Una paz que no depende de las circunstancias

Al recordar lo ocurrido, pienso que la verdadera fortaleza espiritual no consiste en negar el peligro ni en aparentar una valentía que no sentimos.

Sentir temor frente a un terremoto es humano.

Tomar precauciones es sensato.

Buscar protección es responsable.

La fe no elimina la necesidad de actuar prudentemente.

Lo que puede transformar es nuestra manera de enfrentar aquello que no podemos controlar.

El apóstol Pablo escribió acerca de una paz de Dios que sobrepasa nuestro entendimiento.

Esa paz no significa que siempre comprenderemos lo que sucede, ni que tendremos respuestas para todas nuestras preguntas.

Significa que podemos confiar en Dios aun cuando no tenemos todas las respuestas.

Y esa confianza no debería aparecer solamente durante las emergencias.

Debería cultivarse cada día.

Lo que me traje de Panamá

Regresé a casa agradecido.

Agradecido por la vida, por la oportunidad de reencontrarme con mi familia y por todas las personas que trabajaron para garantizar nuestra seguridad.

Pero también regresé con una convicción renovada.

No necesito saber cuándo llegará la próxima emergencia para decidir cómo quiero vivir hoy.

No sé cuándo volverá a temblar la tierra.

No sé qué dificultades nos esperan en el futuro.

No sé cuáles de mis planes se cumplirán exactamente como los he diseñado.

Pero sí puedo decidir vivir cada día con gratitud, responsabilidad, propósito y una relación cada vez más profunda con Dios.

Quizás esa sea una de las expresiones más prácticas de reconocer su soberanía: aceptar humildemente que no controlamos todas las circunstancias, sin renunciar por ello a nuestra responsabilidad de vivir sabiamente.

Al final, la pregunta más importante no es si la tierra volverá a temblar.

Sabemos que volverá a hacerlo.

La pregunta es otra:

Cuando tiemble la tierra, o cuando cualquier otra circunstancia sacuda nuestra vida, ¿sobre qué fundamento estaremos sostenidos?

Jesús habló de dos hombres que construyeron sus casas. Uno edificó sobre la roca y otro sobre la arena. Ambos enfrentaron lluvias, vientos y tempestades. La diferencia no estuvo en las circunstancias que enfrentaron, sino en el fundamento sobre el cual habían construido.

Esa enseñanza, registrada en Mateo 7:24-27, adquiere para mí un significado especial después de lo vivido.

No podemos garantizar que todo a nuestro alrededor permanezca firme.

Pero sí podemos decidir sobre qué fundamento construiremos nuestra vida.

Y para quienes hemos puesto nuestra confianza en Jesucristo, ese fundamento no es la ausencia de dificultades, sino su presencia y fidelidad en medio de ellas.

No esperemos a que la tierra tiemble para descubrir lo que verdaderamente sostiene nuestra vida.


Luis Leonardo

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